Fué de compras y encontró algo que le encantó.
Llegó a casa y explotaba de felicidad con su adquisición.
Y le gustaba tanto tanto tanto... que al final lo tuvo que regalar...
¡Y fué genial!
¡Que lo disfrutes!

*

Si en algún momento dejó de serlo… cuando lo fue, fue un niño de colores.
Nació en un día verde, y aunque los gritos de su madre eran rojos de dolor y miedo… también lo eran del amor y la ternura que irremediablemente comenzó a respirar en su primer llanto. Jamás entendió por qué esos señores con batas, tapados hasta las cejas y con las manos de fría textura levantadas hacia los focos, le manipulaban y le daban vueltas de un lado para otro. Tenía pánico y sentía frío, y aún recuerda aquella sequedad en la garganta. Pero sabía que a su alrededor todo era verde… y aquello le calmaba.
Años más tarde, entre sus numerosas reflexiones sobre todo los colores existentes y alguno que sólo él puede percibir, encontré un gran razonamiento sobre el color verde; el color verde siempre fue especial para él, quizá por aquellos primeros recuerdos. Decía que el verde, en toda su gama, era el color de la vida misma. Un bosque lleno de vida es verde. Una charca de agua estancada, que sólo tiende a la podredumbre... también lo es. Sin embargo, donde otros vieron solo muerte e insalubridad en ese charco, él vio algas que nada tenían que envidiar a las hojas de los árboles y a las plantas de las riberas… esas que son siempre punto de partida. Un punto, de pronto, lleno de ilusión.
Así fue que al entenderlo no pude hacer otra cosa que sonreír, y sin más… añadí como en un susurro de carboncillo: “A mí el verde… me provoca sonrisas”.
Tras aquel verde nacimiento, una vez aseado, arropado y habiendo pasado algún que otro tiempo en brazos de su madre, las cosas se tornaron blancas durante unos días. Días de espera y sueño le amoldaban a esa ausencia de color, y se sentía vacío… y no podía parar de llorar. Había descubierto en una de esas tardes estériles que abriendo mucho la boca y mostrando sus encías desdentadas, con una pequeña dosis de concentración su madre aparecía y por un momento el rojo le acompañaba y podía recordar sin esfuerzo el verde de aquellos minutos de gloria.
Cuando me siento frente a sus ojos perdidos y escucho en un eterno silencio el relato de los recuerdos de aquellos días… siento la urgente necesidad de un abrazo; sin cambiar el tono de su voz ni el punto de aire que sus ojos vigilan sin descanso, se acerca a mí y me lo da. Me arropa la espalda con sus manos... y prosigue sin pausa.
Definitivamente fue… y quizá siga siendo… un niño especial. Fuimos muchos los que aprendimos juntos a vivir y me apena pensar que la mayoría se olvidó de él. Un día se cansaron de sus rarezas y sus recuerdos vivos; recuerdos sin las modificaciones con las que los años tienden a disfrazarlos. Y dejaron de escuchar en silencio sus palabras. Porque un niño no escucha, un niño habla. Cuando parecen escuchar se limitan a pensar en lo siguiente que van a decir. Me apena, sí. Porque a veces siento que está tan sólo… Otras veces creo que no necesita ninguna compañía y que por el contrario, es él el que está destinado a dárnosla a los demás.
Aún así…sé que le mimo quizá con exceso, pero me sigue gustando más la gente cuando le trata con cariño.
Los mejores momentos vienen siempre que me habla de sus primeros años de vida. Sus ojos brillan al contar cómo fue descubriendo, a veces de uno en uno, a veces en una explosión conjunta… todos los colores. Recuerda el azul de los primeros pasos. Un azul clarito, como el cielo despejado al que intentaba llegar con sus redondas manos. En ocasiones describe algún que otro color que yo no he conocido nunca, pero que imagino y me provocan cientos de sensaciones nuevas.
Habla de aquella risa naranja que le ocupaba toda la garganta al salir, y de lo bonitas que quedaban las composiciones al jugar con las risas de otros niños. ¡Qué gran variedad de color!
Uno de los episodios más entrañables, pese a su doloroso recuerdo… fue el momento en que descubrió el color amarillo. Él la quería con toda su alma, y me cuenta que aún no sabe si lo de la cámara lenta y el cabello ondeando al aire fue cierto o sólo producto de su imaginación. Pero aquel día, al verla entrar en su vida, todos los colores que conocía se le pusieron entre los ojos y las manos, y fue el niño más feliz.
La mezcla le recordaba al rojo de su mamá… pero en otra tonalidad que no había conocido hasta ese instante. Fue entonces, un tiempo más tarde, cuando el agudo amarillo hizo su macabra incisión en el mismísimo centro de ese color nuevo que acababa de descubrir. Sucedió en el momento en que la vio partir para siempre, mientras ella le decía adiós con su manita y le miraba ya de refilón con aquellos tristes ojos.
Jamás olvida la tonalidad de aquel amarillo que le inunda las retinas cada vez que llora. Y así fue como descubrió la sensación de peligro que formaban las vetas amarillas acechando entre el último tono de rojo que había conocido, pero que tampoco quiso olvidar.
Le quedaba sin embargo el consuelo de que, como todos los niños, sabía disfrazar y perder con prontitud los colores feos. Recuerda cómo aprendió entonces que el rojo y el amarillo son los padres del naranja, y aunque con sólo media boquita… volvió a sonreír. Esos tres inmiscibles colores le recordaban irremediablemente al fuego. Naranja de felicidad, rojo de amor y amarillo porque… porque tarde o temprano el amor siempre duele de alguna forma. Y así, en una misma paleta, siempre llevaba consigo el calor hogareño y la furia abrasadora de una misma lumbre. Después siempre supo compararlo con ese sabor agridulce que tienen los besos; sobre todo los que mueren sin llegar a ser nunca compartidos.
Es por estas cosas que me pierdo escuchándole en cada momento del día. Cada minuto al que quiero sacar partido.
Es cierto también que a veces le dejo un tiempo a su aire y no le hago demasiado caso, pero en esos momentos la tristeza se apodera de mí y vuelvo a llamarle con insistencia.
Pienso en él… siempre dispuesto a hacer relativo lo obvio, a colorear el blanco y el negro, a matizar a su especial modo todas las situaciones que nos envuelven, siempre dispuesto sí… siempre tan niño…
Y le busco sin descanso entre mis pinturas. Miro de nuevo mis lápices de colores, los muñecos de mi cama o las flores del jardín… y en la primera sonrisa que veo aparecer… le encuentro.
Él me lo dice, me lo recuerda a cada rato: “ No te preocupes. Siempre que temas, que llores, que te asustes sin saber por qué, siempre que quieras escuchar un ratito las palabras de ese niño que todos llevan dentro…
… sólo coloréate.”
L. F. M
Gracias por escribir estas cosas y sobre todo gracias por compartirlas conmigo y con todo el mundo ^^
"De vez en cuando me sentía inquieto y los deseos me atormentaban. Creía no poder resistir verla junto a mí sin estrecharla entre mis brazos. También esto lo notaba en seguida. Una vez estuve varios días sin aparecer; por fin volví confuso y ella me condujo a un lado y me dijo:
-No debe usted entregarse a deseos en los que no cree. Sé lo que desea. Pero tiene que saber renunciar a esos deseos o desearlos de verdad. Cuando llegue a pedir con la plena seguridad de que su deseo va a ser cumplido, éste será satisfecho. Sin embargo, usted desea y al mismo tiempo se arrepiente de ello con miedo. Hay que superar eso. Voy a contarle una historia.
Y me contó la historia de un muchacho enamorado de una estrella. Adoraba a su estrella junto al mar, tendía sus brazos hacia ella, soñaba con ella y le dirigía todos sus pensamientos. Pero sabía, o creía saber, que una estrella no puede ser abrazada por un ser humano. Creía que su destino era amar a una estrella sin esperanza; y sobre esta idea construyó todo un poema vital de renuncia y de sufrimiento silencioso y fiel que habría de purificarle y perfeccionarle. Todos sus sueños se concentraban en la estrella. Una noche estaba de nuevo junto al mar, sobre un acantilado, contemplando la estrella y ardiendo de amor hacia ella. En el momento de mayor pasión dio unos pasos hacia adelante y se lanzó al vacío, a su encuentro. Pero en el instante de tirarse pensó que era imposible y cayó a la playa destrozado. No había sabido amar. Si en el momento de lanzarse hubiera tenido la fuerza de creer firmemente en la realización de su amor, hubiese volado hacia arriba a reunirse con su estrella.
-El amor no debe pedir -dijo-, ni tampoco exigir. Ha de tener la fuerza de encontrar en sí mismo la certeza. En ese momento ya no se siente atraido, sino que atrae él mismo. Sinclair: su amor se siente atraído por mí. El día que me atraiga a sí, acudiré. No quiero hacer regalos. Quiero ser ganada.
Un tiempo después me contó otra historia. Se trataba de un enamorado que amaba sin esperanza. Se refugió por completo en su corazón y creyó que se abrasaba de amor. El mundo a su alrededor desapareció; ya no veía el azul del cielo ni el bosque verde; el arroyo ya no murmuraba, su arpa no sonaba; todo se había hundido, quedando él pobre desdichado. Su amor, sin embargo, crecía; y prefirió morir y perecer a renunciar a la hermosa mujer que amaba. Entonces se dio cuenta de que su amor había quemado todo lo demás, de que tomaba fuerza y empezaba a ejercer su poderosa atracción sobre la hermosa mujer, que tuvo que acudir a su lado. Cuando estuvo ante él, que la esperaba con los brazos abiertos, vió que estaba transformada por completo; y, sobrecogido, sintió y vio que había atraído hacia sí a todo el mundo perdido. Ella se acercó y se entregó a él: el cielo, el bosque, el arroyo, todo le salió al encuentro con nuevos colores frescos y maravillosos; ahora le pertenecía, hablaba su lenguaje. Y en vez de haber ganado solamente una mujer, tenía el mundo entero entre sus brazos y cada estrella del firmamento ardía en él y refulgía gozosamente en su alma. Había amado y, a través del amor, se había encontrado a sí mismo. La mayoría ama para perderse."